Los ataques sobre refinerías en zonas densamente pobladas como Teherán disparan los riesgos para la población
Los más de nueve millones de habitantes de Teherán amanecieron el 8 de marzo en un escenario apocalíptico. Los bombardeos de Israel contra una treintena de refinerías y almacenes de petróleo provocaron una densa nube tóxica que cubrió el cielo de la capital iraní, convirtiendo el día en noche cerrada.
Es quizá la más llamativa de las consecuencias ambientales de las más de dos semanas de guerra en Oriente Medio, pero no la única. Tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, que comenzaron el pasado 28 de febrero, el conflicto ha escalado en la región: Teherán ha contestado bombardeando refinerías y plantas de gas en los países del Golfo, aliados de Washington, y los ataques de ambos bandos contra cargueros y barcos petroleros han hecho saltar las alarmas por los vertidos.
El conflicto ya deja cientos de muertos, pero el frente secundario que supone la guerra contra el medio ambiente, en una región extremadamente delicada al albergar la mayor parte de la producción de petróleo del mundo, afecta ya a millones de personas de manera directa o indirecta.
Más de 300 incidentes con impacto ambiental
La organización británica Conflict and Environment Observatory (CEOBS) calcula que en los primeros diez días de guerra se han dado más de 300 incidentes con impacto ambiental, no solo en Irán sino también en países vecinos como Emiratos Árabes, Kuwait, Bahréin o Arabia Saudí. El conflicto se ha ampliado y ya implica ataques desde Chipre, en el Mediterráneo, hasta las costas de Sri Lanka, en el Índico.
Pero este recuento apenas «roza la superficie» del impacto real del conflicto, ya que Irán practica un bloqueo informativo y las imágenes por satélite, que en muchos casos proceden de proveedores para el Ejército estadounidense, llegan a cuentagotas, explica a RTVE Noticias el director de CEOBS, Doug Weir.
Lo que sí que se puede observar, algo que se da en general en los conflictos bélicos, es que los objetivos de los ataques han pasado de dirigirse en un primer momento contra infraestructuras militares a centrarse más tarde en «objetivos civiles» como refinerías y almacenes de petróleo.
Cualquier guerra tiene un alto impacto ambiental, ya que los bombardeos sobre instalaciones militares liberan metales pesados y compuestos químicos tóxicos, pero en esta se da el agravante de que las infraestructuras energéticas -además muy numerosas en la región- están en la diana de misiles y drones, con el riesgo que ello conlleva para la población y los ecosistemas. También están en el foco las plantas desalinizadoras, cuya destrucción podría tener gravísimas consecuencias en esta región desértica.
«Se suelen bombardear las instalaciones petroleras, pero no en plena ciudad»
Para Weir, que lleva años monitorizando los daños de las guerras al medio ambiente, las imágenes de los incendios petrolíferos de Teherán fueron «impactantes». «Solemos ver muchas instalaciones petroleras bombardeadas en zonas de guerra, pero no suelen estar en pleno centro de la ciudad, con tanta gente alrededor», cuenta.
La quema incompleta del petróleo provocada por las explosiones libera al aire sustancias tóxicas como monóxido de carbono, dióxido de azufre u óxidos de nitrógeno, así como compuestos del hollín extremadamente peligrosos para la salud como el carbono negro.
Teherán, al estar rodeada de montañas, ya está predispuesta a una baja calidad del aire, por lo que si a ello se añaden las partículas contaminantes, las consecuencias son especialmente graves para la población. «El problema principal para la salud es la inhalación», que provoca «problemas respiratorios, sobre todo para personas con enfermedades crónicas», señala por su parte Valentina Carvajal, de Greenpeace.
Las partículas tóxicas pueden viajar cientos y miles de kilómetros, dañando incluso glaciares, como ya ocurrió con el humo de los incendios petrolíferos de la Guerra del Golfo, que terminaron en el Himalaya.
Además, si la nube interactúa con las precipitaciones, se puede producir una lluvia ácida, con graves consecuencias para los habitantes de Teherán, pero también para los suelos y las aguas subterráneas si llega a infiltrarse. El derrame de petróleo procedente de los depósitos destruidos por los ataques israelíes se filtró en parte del sistema de alcantarillado de la capital iraní, provocando un «río de fuego» en algunas calles.
¿Un impulso a las renovables tras el conflicto?
Calcular cuál será el impacto total para el medio ambiente de la guerra es una tarea por ahora imposible, agravado especialmente por «la falta de claridad» sobre los objetivos militares de esta incursión, según Weir. A día de hoy, el presidente estadounidense, Donald Trump, todavía no ha aclarado qué busca con su ataque y también ha dado varias versiones sobre cuánto puede durar.
A los impactos directos en la zona se unen las consecuencias energéticas mundiales. Con «la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial de petróleo», según la Agencia Internacional de la Energía, el precio del barril de crudo se ha disparado hasta los 100 dólares, precios que no se veían desde la guerra de Ucrania, y llevan a Europa -que no produce apenas combustibles fósiles- a replantearse de nuevo su dependencia energética del exterior.
El debate es muy similar al que se dio tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Aunque en un primer momento los países afectados por el corte del gas ruso como Alemania recurrieron a otros proveedores y a otros combustibles fósiles como el carbón, aumentando puntualmente las emisiones de gases de efecto invernadero, el resultado global cuatro años después es el de una apuesta redoblada por las renovables.
¿Un impulso a las renovables tras el conflicto?
Calcular cuál será el impacto total para el medio ambiente de la guerra es una tarea por ahora imposible, agravado especialmente por «la falta de claridad» sobre los objetivos militares de esta incursión, según Weir. A día de hoy, el presidente estadounidense, Donald Trump, todavía no ha aclarado qué busca con su ataque y también ha dado varias versiones sobre cuánto puede durar.
A los impactos directos en la zona se unen las consecuencias energéticas mundiales. Con «la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial de petróleo», según la Agencia Internacional de la Energía, el precio del barril de crudo se ha disparado hasta los 100 dólares, precios que no se veían desde la guerra de Ucrania, y llevan a Europa -que no produce apenas combustibles fósiles- a replantearse de nuevo su dependencia energética del exterior.
El debate es muy similar al que se dio tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Aunque en un primer momento los países afectados por el corte del gas ruso como Alemania recurrieron a otros proveedores y a otros combustibles fósiles como el carbón, aumentando puntualmente las emisiones de gases de efecto invernadero, el resultado global cuatro años después es el de una apuesta redoblada por las renovables.
Para Valentina Carvajal, responsable de la campaña de Paz y Democracia de Greenpeace, aunque ya «llegamos tarde», este es precisamente «el momento» para aumentar la inversión en renovables. Recuerda, además, que estas energías proporcionan seguridad ante los conflictos: «No se puede bombardear el sol».