El campeón del US Open admite que analizó a Sinner y estuvo dos semanas entrenando sólo pensando en él. Entre compromisos en la Arthur Ashe, descorcha champagne con su gente y ejerce de peluquero para cumplir una apuesta
Dónde estáis?», preguntaba Carlos Alcaraz al entrar en su vestuario en el US Open después de proclamarse campeón. Su equipo al completo se había escondido junto a su familia entre unos armarios ya protegidos por la organización con plásticos. El nuevo número del mundo llevaba una botella gigante de Moët y estaba decidido a agitarla en dirección a los suyos. «¡Uueeeee!», sonó cuando todos se encontraron. Juan Carlos Ferrero y compañía tampoco estaban desarmados, tenían sus propias botellas, y la batalla acabó con todos empapados de arriba abajo. De hecho, entrenador y pupilo tuvieron que irse de inmediato a la ducha porque aún les quedaban muchos compromisos por atender.
«El equipo ha hecho un gran trabajo para que Carlos tuviera un pequeño descanso después de Wimbledon y pudiera estar preparado aquí en Nueva York. Empujarle para que lo haga lo mejor que pueda es mérito de todos», proclamaba Ferrero todavía con el pelo mojado.
Exigente con su pupilo desde que empezaron a trabajar juntos hace siete años, este domingo le elogiaba abiertamente. «Ha hecho el partido perfecto. Habíamos trabajado en mejorar una serie de cosas y ha cumplido en todo», felicitaba el técnico, que no desvelaba cuáles eran esas cosas, pero sí cuándo las detectaron. Fue en Wimbledon, claro. Días después de la final, Alcaraz y Ferrero se sentaron para volver a ver la derrota y tomaron apuntes. Después, en agosto, antes de viajar a Estados Unidos, se pasaron dos semanas entrenando en Murcia con un único objetivo: derrotar a Sinner.
«Justo cuando acabó aquella final ya hablamos de qué cosas tenía que mejorar. Obviamente me tomé unos días de descanso, pero en cuanto volví a entrenar, vimos el partido de nuevo, escribimos muchas notas y nos centramos en qué mejorar para ganar a Jannik», reconocía Alcaraz con una apuesta entre manos. Al principio del Grand Slam, sus amigos de Murcia le prometieron que, si triunfaba, todos se raparían al cero. Y ahí estaban ellos, poco después de que acabara la final, camino de Manhattan a comprar una máquina. En la cena de celebración, el tenista se daría el gustazo de ejercer de peluquero. Aunque a las diez de la noche todavía estaba cumpliendo con compromisos en los interiores de la pista Arthur Ashe.
Sinner, «demasiado predecible»
Y es que ser campeón es realmente agotador. En cuanto Carlos Alcaraz bajó del podio del US Open con su trofeo de Tiffany en las manos, dos agentes de seguridad grandes como defensores de la NFL se le colocaron a la espalda y no le soltaron en varias horas. Hasta que llegó a su vestuario y pudo rociar de champagne a su equipo y amigos fue de aquí para allá por los pasillos. Ahora una tele, ahora la otra; ahora un patrocinador, ahora el otro. Mientras 23.771 aficionados salían del recinto, el mismo Alcaraz debía acompañarles —con el consiguiente revuelo— para ir al plató de la ESPN y entregarse a 20 minutos de entrevista.
Luego vendría una sesión de fotos, el protocolo antidopaje, una rueda de prensa, otra sesión de fotos, más entrevistas y así toda la tarde. Eso sí, siempre con una sonrisa amplia. «Ganar aquí y recuperar el número uno es algo increíble. Parece que me acostumbro porque es mi segundo US Open, pero sigo viviendo un sueño. Para mí todavía es un sueño», proclamaba Alcaraz.
En su rueda de prensa, Jannik Sinner reconoció que su juego se había vuelto «demasiado predecible» y prometió que la próxima vez que se enfrentase a Alcaraz ofrecería más variedad de golpes. «Aunque tenga que perder algunos partidos por el camino, creo que tengo que mejorar en ese sentido para enfrentar a Carlos», analizó el italiano, y el español aceptó el envite. «¿Sinner? Es cuestión de ir mejorando, ver lo que has hecho bien, lo que has hecho mal. Jannik va a mejorar seguro, pero no voy a esperarle sentado. No siento que él tenga la pelota en su tejado y que solo él tenga que trabajar. Yo tengo que prepararme para saber qué va a hacer diferente, tengo que ir por delante. Es lo bonito de esta rivalidad que tenemos, nos estamos haciendo mejores», aseguró y, ya casi de medianoche, entonces sí, se marchó para disfrutar de la fiesta merecida en la noche neoyorquina.