El 28 de abril España vivió a plena luz del día un fundido a negro. Un apagón masivo desconectó al país, que surfeó la jornada con maestría y solidaridad: las gentes se echaron a la calle para apoyarse en sus vecinos y aquello que a media mañana parecía catastrófico terminó por convertirse en anecdótico. Ocurrió en todos los planos. También en el de la aviación, donde las consecuencias del corte de red se presentaban, al menos durante los primeros instantes, verdaderamente preocupantes. Y no fue así.