El último lunes de abril fue en sí mismo un recordatorio de lo imprevisible que puede llegar a ser un día tradicionalmente pesado por aquello de constituir el primero de la semana. Y de repente, negro. España perdió en apenas unos segundos más de la mitad de su energía; sin electricidad, el país se condenó a la fraternidad y al surrealismo que abanderaron aquellos que abordaron las plazas y las calles con aires de alegre incertidumbre. Y quien se topó de lleno con esto fue Richard Gere.